martes, 31 de agosto de 2010

'Redes y cacharros'

Podría decir que me estoy diversificando, que quiero compartir con el mundo mi pasión por la tecnología, que me ha salido un trabajito extra o que aspiro a convertirme en una gurú de los interneses, pero la verdad es que ha sido un regalito encargo de mi jefe (saludos) que no tengo muy claro si podré hacer bien, porque ni tengo tiempo ni creo poseer los conocimientos necesarios. En casa el verdadero gurú es mi marido -o puto gurú, como le llamo a veces con cariño-, pero el hecho de trabajar para la competencia le incapacita para llevar el blog de tecnología de mi periódico, así que a falta de un candidato mejor me lo han endosado a mí.

El invento se llama Redes y cacharros y lo he estrenado con un texto sobre los planes de Telefónica para acabar con las tarifas planas (lo llaman "hacer que paguen más los que más consumen", algo tan etéreo como lo de los impuestos para "los que más tienen", pero se adivina que su intención última es, como casi siempre, hacernos a todos la vida un poco peor).

Lo de pegar un trozo de un texto y obligar a la gente a terminar de leerlo en otro sitio está un poco feo, pero teniendo en cuenta el escaso ritmo de actualizaciones de este blog (y que casi todo lo que he publicado últimamente son reportajes sacados del baúl de los recuerdos), así al menos doy la impresión de que Libros de Babel sigue vivo. Además, otros lo hacen y nadie se lo reprocha. El post se titula A Telefónica no le gustan las tarifas planas y comienza así:
Telefónica  está preocupada. ¿Por las deficiencias de su red? No. ¿Porque su ADSL –al igual que el de la mayoría de las operadoras que trabajan en España- es peor, más lento y mucho más caro  que la media de la Unión Europea? No. ¿Porque le gustaría ofrecer a sus clientes españoles las velocidades siderales de que disfrutan los internautas japoneses al precio que pagan los nipones? No. A Telefónica le preocupa que la gente que paga por tarifas planas de conexión a internet (insisto: más caras y más lentas que la media de la UE) las use de forma “ilimitada”. O sea, que las use, porque el concepto tarifa plana lleva implícito el matiz ilimitado.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Sean Connery, el lechero que sobrevivió a James Bond

[Sir Sean Connery cumple 80 años y, aunque sigue en sus trece de no volver a ponerse delante de una cámara, creo que la ocasión bien merece que rescate otro de esos textos que últimamente tanto pego por aquí]

Con la escueta pero efectiva réplica "Bond, James Bond", Sean Connery se ganó un merecido puesto de privilegio en la historia del cine y se convirtió en un modelo admirado por mujeres y envidiado por hombres que intentaron, sin demasiada fortuna, emular esa irrepetible combinación de refinamiento, dureza y cinismo. Aunque, casi medio siglo después de Dr. No, siga siendo el mejor Bond posible, no tuvo fácil hacerse con un papel para el que, según Ian Fleming, creador del personaje, no poseía la elegancia necesaria.

Fleming prefería a Cary Grant, su modelo mientras escribía las novelas, aunque cuando vio a Connery en pantalla tuvo que reconocer, al igual que los millones de espectadores a los que conquistó en aquella primera aparición, que nadie podría hacerlo mejor que él.

Connery rodaría seis entregas más, y en todas ellas tuvo que recurrir a un peluquín (comenzó a perder pelo a los 21 años), elemento que le ha acompañado en numerosas trabajos y que le ha proporcionado alguna que otra anécdota (Alec Baldwin no quería trabajar con él en La caza del octubre rojo por miedo a pasar desapercibido frente a la arrebatadora presencia del escocés; el recuerdo de su calvicie aplacó al inseguro Baldwin, que se encontró el primer día de rodaje con un imponente Connery que lucía "una fabulosa cabellera plateada").

Aunque la relación entre intérprete y personaje nunca fue fluida (Connery llegó a decir que, si pudiera, le mataría), 007 fue el trampolín hacia la fama de un hombre que fue lechero, marino mercante, modelo para estudiantes de arte y candidato a Mister Universo, cita en la que, inexplicablemente, quedó tercero.

Pero Bond fue también su losa. Aunque con la serie compaginó filmes como Marnie, con Hitchcock, tras su primer adiós a Bond, en 1971 (con Diamantes para la eternidad, aunque en 1983 rodaría una más, Nunca digas nunca jamás), no le resultó fácil encontrar trabajo. Sólo Sidney Lumet (La ofensa) y John Boorman (Zardoz) se atrevieron con el encasillado Connery, que repitió con Lumet en Asesinato en el Orient Express.

Obsesionado por dar a su carrera un nuevo rumbo, el escocés encadenó esos años excelentes trabajos en filmes como El viento y el león (John Milius), Robin y Marian (Richard Lester), con Audrey Hepburn, y, junto a Michael Caine, la colosal El hombre que pudo reinar, adaptación de una novela corta de Kipling.

Tras su definitiva despedida de 007, Connery protagonizó en 1986 Los inmortales y su secuela (para lo que no fue obstáculo que a su personaje le rebanasen la cabeza en la primera entrega), a la que siguieron El nombre de la rosa (Jean-Jacques Annaud, 1986) y Los intocables, de Brian de Palma (1987), un trabajo por el que obtuvo su único Oscar.


Y entonces llegó Indiana Jones.

Connery entró en la saga del arqueólogo en 1989, el mismo año que la revista People le proclamaba, a sus casi 60 años, el hombre vivo más sexy, y cuando la serie Bond no era más que un lejano recuerdo (y una franquicia en pleno declive, en manos de Timothy Dalton). Aunque la diferencia de edad entre Connery y Harrison Ford (12 años) hacía, en principio, impensable creer en la verosimilitud de una relación paterno-filial entre ambos, las dudas pronto quedaron disipadas. Los dos Jones mostraron en La última cruzada una química impredecible que proporcionó a la película (como los dos títulos precedentes, insuperable) un interés añadido y a Indy el mejor cómplice que podría tener.

Sin embargo, ni siquiera el éxito del tercer Indiana Jones logró evitar el declive que se cernía sobre su carrera. En los 90, salvo su breve aparición final en Robin Hood, príncipe de los ladrones o sus trabajos en La roca y la deliciosa Jugando con el corazón, Connery se limita a pasear su cada vez más cáustico rostro por producciones menores, cuando no decididamente infames (Los vengadores).

En lo que llevamos de siglo, el actor sólo ha filmado dos títulos, Descubriendo a Forrester y la petardez de La liga de los hombres extraordinarios, y ha rechazado participar en El Señor de los Anillos (en el papel de Gandalf) y en Matrix, e incluso abandonó un rodaje para escribir una biografía que nunca llevó a cabo. En los últimos años, Connery se ha concentrado en su faceta política y en sus proclamas por la independencia de Escocia, lo que no ha sido óbice para que Isabel II le nombrase sir.

Hace unos años mostró su determinación por decir definitivamente adiós a la interpretación (y en eso se escudó para decir que no a volver a ser el padre de Indy, aunque poco después llamó a los productores de James Bond para ofrecer sus servicios como malo de la siguiente película de 007), y ahora, a sus  80 años, se reitera en su intención de no volver a actuar, aunque sus antecedentes invitan a pensar que igual cambia de opinión, por mucho que ya sea tarde para repetir la experiencia en la que dice que disfrutó más de toda su carrera: trabajar con Harrison Ford, Steven Spielberg y George Lucas.

jueves, 5 de agosto de 2010

Las visiones de H. G. Wells

[Y otro reportaje reciclado más, este publicado con motivo del estreno de la versión de Spielberg de La guerra de los mundos. Aunque parezca que seguimos de vacaciones, ya hemos vuelto de nuestro periplo californiano -tanto, que incluso estamos de nuevo en el curro, puaj-, aunque antes de escribir nada al respecto tengo que poner en orden fotos y alguna cosilla más. Sólo diré por ahora que sobrevivimos a Las Vegas y a la Comic-Con. Os dejo con el señor Wells. Espero que os guste]  

El 30 de octubre de 1938 Orson Welles comenzó junto a su compañía una sesión más del programa de radio en el que representaba piezas teatrales clásicas. Pero ésa iba a ser una emisión especial. Después de una breve presentación, Welles comenzó a declamar, con tono dramático, los primeros pasajes de la novela de H. G. Wells La guerra de los mundos, que arranca cuestionando la teórica superioridad del ser humano, para mostrar a continuación a la Tierra como objetivo prioritario de los marcianos para expandir su civilización e iniciar la narración de la primera invasión alienígena del planeta.

Aunque al principio se advertía de que se trataba solamente de una ficción, lo cierto es que fueron pocos los que escucharon esa introducción. El formato escogido –un programa musical interrumpido por avances informativos–, unido a la verosimilitud que imprimieron a la narración los actores de la compañía de Welles –que describían con precisión cada uno de los ataques de los extraterrestres y sus devastadores efectos sobre Nueva Jersey, escenario de la invasión– desató el pánico entre los ingenuos radioyentes, que, poco acostumbrados aún al poder de los medios de comunicación, creyeron que había comenzado el fin de la humanidad.

A pesar de que Welles hubo de disculparse ante los espectadores por haberlos engañado, la travesura le catapultó a la fama y le puso en bandeja un contrato con RKO que le permitió rodar su primera obra maestra, Ciudadano Kane. No fueron los únicos que se rindieron ante el talento del inminente realizador. El propio H. G. Wells tuvo oportunidad de comentar con él la repercusión del evento, gracias a uno de esos giros del destino que llevó al escritor a preguntar una dirección, cuando se encontraba de viaje por EEUU, a un desconocido que resultó ser Orson Welles y que no sólo resolvió su duda, sino que compartió con él el resto del día.

H. G. Wells (1866-1946) llegó a la literatura relativamente tarde. Después de haber pasado por oficios como la contabilidad y el periodismo, a partir de 1895 se dedica por completo a la literatura, configurando una trayectoria en la que se entrelazaban reflexiones políticas y novelas de ciencia ficción (o de fantasía ficción, según algunos críticos) que le convirtieron en uno de los escritores y pensadores más singulares y prestigiosos del pasado siglo XX.

Aunque Las cosas del futuro, Kipps o La historia de Mr. Polly han sido llevadas a la pantalla grande, las adaptaciones más conocidas de la obra de Wells al celuloide se concentran en cuatro títulos: La máquina del tiempo, El hombre invisible, La guerra de los mundos y La isla del doctor Moreau.

Sin duda, una de las más populares es la que filmó en 1960 George Pal a partir de La máquina del tiempo (El tiempo en sus manos), con Rod Taylor en el papel del alter ego del escritor, George, que construye un artefacto que le permite desplazarse miles de años (sigue siendo difícil de superar el hallazgo visual de los maniquíes y sus atuendos para mostrar el vertiginoso avance del tiempo), hasta llegar a un futuro diametralmente opuesto a la civilización ultratecnificada que esperaba encontrar. En ese mundo sólo sobreviven dos razas enemigas, los Eloi, apolíneos y sosos rubitos que dedican su tiempo (el libre y el ocupado) a cantar y bailar, y los malvados Morlocks, cuya principal ocupación es devorar a los anteriores.

A pesar de la inicial fascinación por esos seres que parecen haber regresado, como si estuviesen en un bucle, a la Prehistoria, pronto el inventor monta en cólera contra los Eloi, recordándoles que millones de hombres, a lo largo de la historia de la humanidad, han entregado su vida por alcanzar sus sueños, y todo para que estos futuristas querubines puedan cantar, bailar y nadar. La máquina del tiempo ha sido llevada a televisión en 1949 y 1978 y al cine en otras dos ocasiones, en 1992 (una cinta india dirigida por Shekhar Kapur) y en 2002 (con Guy Pearce y firmada por Simon Wells, descendiente del escritor).


the invisible man by ~stevedore on deviantART

Las versiones, la mayoría de ellas televisivas, de El hombre invisible sobrepasan la decena, desde la obra maestra de James Whale (1933), con Claude Rains, hasta frivolidades como Abbott y Costello conocen al hombre invisible (1951), pasando por títulos que sólo recuperan a los protagonistas o versiones libres como El hombre sin sombra (2000).

La versión de Spielberg fue la segunda adaptación al cine de La guerra de los mundos (la otra la firmó en 1953 Byron Haskin), que sólo ha conocido otras dos aproximaciones: una televisiva de 1988 y otra de Timothy Hines que fue directa a DVD.

Si en La máquina del tiempo Wells reflexionaba sobre la ciencia, la política y el futuro, en El hombre invisible sobre los peligros del poder y en La guerra de los mundos trataba de bajar los humos a los seres humanos, demasiado convencidos de su invulnerabilidad, en La isla del doctor Moreau (publicada en 1896) se atrevía con la clonación. Ésta es una de las historias más oscuras de Wells, y también una de las menos populares. Quizás ese rasgo se haya contagiado a sus adaptaciones al celuloide, al que ha sido llevada solamente en tres ocasiones: en 1932, dirigida por Erle C. Kenton y protagonizada por Charles Laughton; en 1977, firmada por Don Taylor y con Burt Lancaster, y en 1996, con Marlon Brando y John Frankenheimer tras la cámara.

El cine no se ha servido de H. G. Wells solamente como fuente de inspiración. En alguna ocasión incluso lo ha fichado como personaje, la última de ellas en la serie Warehouse 13 (que aprovecho para recomendar, si es que no la estáis viendo ya), aunque con un aspecto algo diferente al que conocemos... Ya en 1979 Nicholas Meyer dirigió Los pasajeros del tiempo, en la que un Wells interpretado por Malcolm McDowell debía viajar al futuro, a los 70, para capturar a Jack el Destripador, que había hecho uso de su máquina del tiempo para eludir la ley. En ese viaje, el escritor contempla maravillado cómo ha cambiado la sociedad británica en sólo unas décadas, una evolución que prosiguió hasta el comienzo de este siglo XXI, en el que sigue siendo posible un futuro como el de los Eloi o un ataque de alienígenas invasores.