martes, 29 de noviembre de 2011

Cary Grant, la mirada eterna

[Se cumple un cuarto de siglo del fallecimiento de Cary Grant, una excusa tan buena como cualquier otra para recuperar un perfil que escribí hace ya algún tiempo, con motivo de otro aniversario: el centenario de su nacimiento]



“Todo el mundo quiere ser Cary Grant. Incluso yo mismo quiero ser Cary Grant”. Con estas palabras se definía ante un periodista el propio intérprete, una figura con mayúsculas más allá de cualquier juicio de valor. Cary Grant fue el icono de una época, la encarnación de una edad de oro que encontró en el inglés la combinación perfecta de elegancia y masculinidad.

Grant creó un personaje que sepultaba las miserias de Archibald Leach, un joven nacido en Bristol que a los 9 años se vio privado de su madre, ingresada en un psiquiátrico, y que a los 14 falsificó la firma de su padre para enrolarse en una compañía de actores ambulantes. En los pequeños teatros ingleses comenzó a mostrar una capacidad innata para la comedia que le valió un billete de ida para dar el salto a Estados Unidos. El joven actor se unió a la nómina de europeos que abandonaron sus hogares en busca de una oportunidad y que contribuyeron decisivamente a forjar la mejor etapa de la historia del cine.


Tras pequeños papeles cómicos, en 1938 saltaría al estrellato de la mano de Howard Hawks. La fiera de mi niña descubrió al gran público la envergadura interpretativa de Grant, que formó con Katharine Hepburn una pareja inolvidable que explotaría más tarde George Cukor en títulos como Vivir para gozar y, sobre todo, Historias de Filadelfia, una de las cumbres de la comedia, con un trío irrepetible: Grant, Hepburn y James Stewart. Cukor y Hawks (quien incluso se atrevió a travestirlo en La novia era él) demandarían asiduamente sus servicios y con Frank Capra volvería a superarse en otra comedia magistral, Arsénico por compasión.

Pero otro genio británico, Alfred Hitchcock, ampliaría sus horizontes interpretativos. Hitchcock le emparejó con actrices de fuste como Joan Fontaine (Sospecha), la gélida Ingrid Bergman (Encadenados) o la futura princesa de Mónaco, Grace Kelly, que se dejaba seducir por el ya maduro galán en Atrapa a un ladrón. De la colaboración de Hitchcock y Grant surgió una obra maestra, Con la muerte en los talones, un trepidante filme que resume como pocos uno de los leit motiv favoritos de Hitchcock, el falso culpable.


Grant se retiró de la pantalla en 1966 con Apartamento para tres y la Academia le concedió en 1970 su único Oscar, uno honorífico. En 1986, hace hoy 25 años, murió Archibald Leach, con su trágica infancia y sus cinco esposas a sus espaldas, dejándonos al inmortal Cary Grant, que siempre se sintió más querido por las cámaras que por las personas.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Libros vs ebooks: 'La broma infinita'

Me gustan los libros. No sólo leerlos, sino también comprarlos. Desde pequeña, no hay una sola librería, centro comercial o puesto playero (los había a patadas donde pasábamos los veranos) donde no me haya parado a curiosear y probablemente a comprar, y todavía ahora, cuando viajo, suelo pasar mucho tiempo en librerías y bibliotecas, como hice en Nueva York, y casi siempre traigo unos cuantos libros nuevos conmigo, como ocurrió el año pasado en California.

Y como es de imaginar, tengo muchos libros, desde coleccionables a volúmenes del siglo XVII, pasando por ediciones de saldo, libros de segunda mano, ediciones especiales ilustradas, tochos inmanejables y, claro, también muchos normales.

Pero en los últimos años mis compras han disminuido, fruto de una combinación de factores económicos y espaciales. No ha sido una decisión consciente, simplemente ha ocurrido. Cada vez tengo menos sitio en casa y las obligaciones cotidianas, a las que se une la abultada cantidad económica que cada año dono a la editorial UNED, hacen que mis compras de libros sean cada vez más selectivas, reduciéndose en muchas ocasiones a volúmenes que realmente quiero tener.

Y luego está el factor ebook.

Hace unos años, si querías leer cualquier libro del que sabías que jamás volverías a acordarte una vez terminado sólo tenías dos opciones: comprarlo o ir a buscarlo a una biblioteca (opción que no he practicado demasiado porque en la de la ciudad en la que vivía casi nunca tenían lo que buscaba). Ahora, bastan un par de clics (y puede que algún paso por Calibre), y sin tener que desplazarte, para tenerlo.

Siempre seré una gran defensora de los libros físicos, pero eso no es óbice para que reconozca que los ebooks ofrecen ventajas (como el espacio que requiere su almacenamiento o lo cómodo que es transportar un dispositivo con todo lo que tienes frente a pesadas -y en mi caso abundantes- cajas) contra las que el libro físico no puede competir.

En ciertas ocasiones, además, la ventaja del ebook frente al libro ni siquiera tiene que ver con esos aspectos secundarios, sino con la principal función para la que está concebida una obra escrita: su lectura.

El mejor ejemplo que se me ocurre para demostrar que a veces (muchas veces, de hecho) es mucho más cómodo leer un ebook que un libro es La broma infinita.

La broma infinita / Infinite Jest


Aunque su obra de debut fue una novela, The broom of the system (no editada en español), y tras su muerte se ha publicado El rey pálido, otra que dejó a medias, La broma infinita es la gran novela de David Foster Wallace, su forma de demostrar que era algo más que un escritor de relatos y ensayos (eso le achacaban sus críticos, como si sus relatos y sus ensayos no fuesen piezas maestras; para algunos si no escribes tochos no eres nadie) y de paso su contribución a esa búsqueda en pos de la gran novela americana que casi todos los grandes escritores de EEUU han emprendido, con mayor o menor fortuna.

Si alguien espera un sesudo análisis sobre la novela, siento decepcionarlo. No me la he leído. Lo he intentado en dos ocasiones y en ninguna de ellas he logrado pasar de la página 200. ¿Por qué? Porque leerla es una tortura. No intelectual, sino física.

La edición en español tiene unas mil doscientas páginas, lo que, si le sumamos su tapa dura, da como resultado un peso considerable. No soy muy buena con los pesos y medidas en general, pero sus dos kilillos no hay quien se los quite. Ya sé que no es el libro más largo ni más pesado que existe, algo que comprobaría unos años después con la Norton Anthology of English Literature (cualquiera de sus dos volúmenes), pero esta última la uso para estudiar, por lo que normalmente la apoyo en una mesa y no en mi regazo antes de dormir, ni tampoco tengo que ir meneándola de atrás adelante para leer sus tropecientas notas.

Porque ése es el principal problema de La broma infinita, las notas, que no están a pie de página, sino todas juntas al final, lo que hace que, como digo, haya que estar dándole la vuelta al libro cada dos por tres. Por si no estáis familiarizados con los libros electrónicos, especialmente con los epub, que es el formato que uso principalmente, si estás leyendo y te encuentras una nota, al pulsarla el lector te lleva directamente a la nota en cuestión, esté al pie o al final. Cuando la has leído, no tienes más que darle a otro botón para volver al punto exacto en el que estabas. Sí, todo con un dedo. Mucho más cómodo, ¿verdad?

La broma infinita lleva casi diez años en el mercado español (sí, sigue costando lo que entonces, 30 euros), y hasta hace unos días (este artículo lleva tanto tiempo en borradores que a Mondadori le ha dado tiempo de actualizar el catálogo...) no han aparecido ni la edición en bolsillo (el concepto bolsillo aplicado a tochos de este calibre siempre me ha hecho gracia) ni la electrónica, que tiene, además, un precio razonable. Diez euros que pagaré gustosa si no encuentro métodos alternativos, por mucho que ya tenga la novela. A ver si las editoriales terminan de ponerse las pilas, porque a muchos, aparte de comprar libros impresos, nos gusta leerlos, y de la manera más cómoda posible. Ayudénnos o tendremos que buscar a alguien que lo haga. Pero luego no lloriqueen. Han tenido su oportunidad.

martes, 22 de noviembre de 2011

Perlas del periodismo

"La gente no lee libros".

Mi jefe, tras preguntarme qué era eso de 24 symbols sobre lo que había escrito en Redes y cacharros y yo contestarle que era una plataforma para leer libros. Le repliqué que la gente sí que lee libros. Él entonces me aclaró que se refería "a la gente normal, no a la gente como tú".